Mexico 17-9-11
Richardson viajó a La Habana con ofertas para el régimen cubano
Bill Richardson tenía algo que ofrecerles a funcionarios cubanos en La Habana esta semana si liberaban a Alan Gross, el contratista estadounidense que cumple una condena de 15 años por distribuir equipo de telefonía satelital.
Richardson, quien ha negociado la liberación de prisioneros en sitios como Cuba y Norcorea, tenía la aprobación del Departamento de Estado para presentar cuando menos dos cosas, dijeron cuatro fuentes al tanto de las negociaciones. Una era un proceso para sacar a Cuba de la lista de estados que patrocinan el terrorismo. Además, la administración Obama también estaba dispuesta a renunciar a la libertad provisional de uno de los cinco espías cubanos encarcelados por espionaje en Estados Unidos, para que así pudiera ir a casa después de salir de prisión el mes entrante.
Pero no fue suficiente. A Richardson ni siquiera le permitieron ver a Gross, y cuando salió de La Habana este miércoles, estaba enojado y decepcionado, concluyendo que elementos del gobierno cubano “no parece querer relaciones más cordiales”.
La marca de amargura vuelve a ser el modus operandi de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Funcionarios estadounidenses y expertos dicen que el fallido viaje de Richardson fue tan solo el más reciente en una serie de malentendidos, acciones equivocadas y lo que fue percibido como desconsideración que demuestran que ambos países, tras un momento de calidez, han recaído al patrón de 50 años de fría desconfianza.
“Ninguna de las partes ha demostrado el menor interés en aprender de la experiencia y han demostrado repetidamente la trágica manera en que ambos países están condenados a repetir sus errores”, dijo Robert A. Pastor, catedrático en la Universidad Americana que asesora al ex Presidente Jimmy Carter con respecto a Latinoamérica. “No solo es la gente de Obama. Es la nueva gente bajo Raúl Castro”.
Ninguna de las partes esperaba esto. El Presidente Barack Obama hizo campaña por un mayor compromiso con Cuba, diciéndole audazmente a un público en Miami en mayo de 2008 que él estaría abierto a reunirse con Castro y forjar relaciones más cálidas. Cuatro meses después de haber asumido el cargo, iba en esa dirección, abandonando añejas restricciones sobre la capacidad de los cubanoamericanos para visitar la isla y enviar dinero a parientes.
El gobierno cubano respondió rápidamente. Las reuniones con funcionarios estadounidenses se volvieron más comunes durante el primer año de la administración Obama, incluida una reunión en La Habana con el funcionario de mayor rango del Departamento de Estado que visitara Cuba desde el 2002. De manera similar, Cuba eliminó un impuesto de 10 por ciento sobre las remesas que había exasperado a los cubanoamericanos que envían dinero a sus familias.
Sin embargo, el caso de Gross sembró dudas sobre la relación. Contratista de una empresa financiada por la Agencia Estadounidense de Desarrollo Internacional, Gross fue arrestado en diciembre del 2009. Cuba lo acusó de crímenes en contra del Estado por entregar equipo prohibido como parte de un programa enfocado a debilitar al gobierno cubano.
El arresto generó un escalofrío a lo largo de cuerpos diplomáticos de ambos países. El gobierno cubano se ha quejado durante varios años de los “programas de democracia” que, asegura, subvierten su autoridad y soberanía. De cualquier forma, funcionarios estadounidenses dijeron que no preveían que el caso se prolongara.
De hecho, las relaciones seguían siendo suficientemente buenas un mes más tarde para sentar las bases de lo que algunos funcionarios ven ahora como una oportunidad perdida: una clínica médica administrada de manera conjunta en Haití.
Según funcionarios y ex funcionarios estadounidenses, las discusiones progresaron con suavidad a lo largo de varios meses y casi estaban completas cuando surgieron viejas susceptibilidades.
“Primero, los cubanos dijeron: ’Nosotros queremos hacer esto, pero ustedes tienen que cesar sus esfuerzos por reclutar a nuestras brigadas médicas”’, indicó un representante estadounidense que no tiene autorización para hacer declaraciones públicas. Los cubanos se enfurecieron por un programa poco conocido, lanzado por el presidente George W. Bush y continuado por Obama, que ayuda a médicos cubanos que buscan desertar, dijeron varios oficiales estadounidenses.
Después, una vez que la administración Obama indicó que no eliminaría el programa, funcionarios cubanos se enojaron incluso más por un evento en el cual creyeron que los médicos de su país no recibieron suficiente reconocimiento por su trabajo en Haití. Finalmente, apenas unos días antes de que el acuerdo fuera a ser firmado, el gobierno cubano exigió que se construyera una segunda clínica en Puerto Príncipe, a un costo de varios millones de dólares. Eso acabó completamente con el trato.
Y a partir de ahí, la relación se ha seguido marchitando.
Funcionarios estadounidenses aseguran que los cubanos perdieron una oportunidad este año, cuando la Casa Blanca y el senador Kohn Kerry presionaron por la reducción de recursos para los programas de la democracia. Si Cuba hubiera liberado a Gross en ese momento, según funcionarios de EEUU, los programas habrían girado menos en torno al debilitamiento del gobierno cubano y más alrededor de la formación de la sociedad civil. En vez de eso, el Congreso los mantuvo intactos mayormente.
Durante cierto tiempo ya, según funcionarios estadounidenses, Cuba no ha mostrado interés en permitir que Gross salga. La isla de 11 millones de personas atraviesa por su mayor reorganización económica desde la desaparición de la Unión Soviética –con un importante impulso hacia la empresa privada- y muchos expertos en Cuba creen que los dirigentes del país están participando en una guerra ideológica sobre cuán lejos y rápido deben avanzar. Las relaciones con Estados Unidos al parecer se han vuelto secundarias ante las preocupaciones nacionales, argumentan algunos. Otros afirman que los integrantes de la línea dura al parecer están ganando la batalla en el tema de las relaciones exteriores.
Así que si bien Richardson viajó con el apoyo del Departamento de Estado, en lo que oficialmente fue catalogado como un viaje privado, varios funcionarios del gobierno dijeron que no les sorprendía que su esfuerzo hubiera fracasado.
Richardson declaró que lo habían invitado, y que había previsto cuando menos una reunión con Gross.
Josefina Vidal Ferreiro, directora de asuntos norteamericanos de la cancillería cubana, dijo que Richardson había ido a Cuba “por su propia iniciativa”. Ferreiro no discutió las tensiones más generales de las relaciones. Sin embargo, indicando que la salida de la isla de la lista del terrorismo y un cambio menor en la condena de un espía cubano acusado no era suficiente, dijo que la liberación de Gross “nunca estuvo sobre la mesa”.
Pudiera no ser así en el futuro cercano.
Un aspecto que pudiera mover a Cuba, según un funcionario que ha negociado el tema, es si la Unión Europea modifica su política común que limita las relaciones con Cuba debido a inquietudes sobre los derechos humanos. Sin embargo, él y otros funcionarios estadounidenses dijeron que hasta que Cuba libere a Gross, La Habana seguiría estando aislada. Por ahora, todo parece indicar que su liberación -a la par de muchos temas relacionados con Cuba- está atrapada por décadas de fallidos intentos por tener relaciones más cordiales.
September 15, 2011
Americans and Cubans Still Mired in Distrust
By DAMIEN CAVE
MEXICO CITY — Bill Richardson had chits to offer Cuban officials in Havana this week if they released Alan Gross, the American contractor serving a 15-year sentence for distributing satellite telephone equipment.
Mr. Richardson, who has negotiated prisoner releases from Cuba to North Korea, had State Department approval to present at least two things, said four people with knowledge of the negotiations. One was a process for removing Cuba from the list of states sponsoring terrorism. The Obama administration was also willing to waive probation for one of the “Cuban Five,” as a group of Cuban agents accused of espionage in the United States are known on the island, so he could go home after he leaves prison next month.
But it was not enough. Mr. Richardson was not even allowed to see Mr. Gross, and when he left Havana on Wednesday, he was angry and disappointed, concluding that elements of the Cuban government “do not seem to really want warmer relations.”
That brand of bitterness is once again the modus operandi for United States-Cuba relations. American officials and experts say that Mr. Richardson’s failed trip was just the latest in a series of misunderstandings, missteps and perceived slights showing that both countries, after a moment of warmth, have slipped back into a 50-year-old pattern of cold distrust.
“Neither side has shown the slightest interest in learning from experience and have demonstrated repeatedly the tragic way in which both sides are condemned to repeat their mistakes,” said Robert A. Pastor, a professor at American University who advises former President Jimmy Carter on Latin America. “It’s not just the Obama people. It’s the new people under Raúl Castro.”
This is not what either side expected. President Obama campaigned for greater engagement with Cuba, boldly telling a Miami audience in May 2008 that he would be open to meeting with Mr. Castro and forging warmer relations. Four months after he took office, he headed in that direction, abandoning longstanding restrictions on the ability of Cuban-Americans to visit the island and send money to relatives.
The Cuban government responded quickly. Meetings with American officials became more common during the first year of the Obama administration, including a gathering in Havana with the highest-ranking State Department official to visit Cuba since 2002. Cuba also eliminated a 10 percent tax on remittances that had galled Cuban-Americans sending money to their families.
But the Gross affair cast doubt into the relationship. A contractor for a company financed by the United States Agency for International Development, Mr. Gross was arrested in December 2009. Cuba charged him with crimes against the state for delivering banned equipment as part of a semicovert program aimed at weakening the Cuban government.
The arrest sent a chill through the diplomatic corps of both countries. The Cuban government has complained for years about “democracy programs” it says subvert its authority and sovereignty. Still, American officials said they did not expect a protracted affair. Indeed, relations were still good enough a month later to lay the groundwork for what some officials now see as a lost opportunity — a jointly run medical clinic in Haiti.
The idea emerged soon after the earthquake that flattened Haiti’s capital, Port-au-Prince, in January 2010. Cuba quickly approved an American request to fly victims to Florida through Cuban airspace, and the country’s doctors won accolades from American officials.
That led to the idea for a more formal relationship and a new hospital for rural Haiti — in an area later ravaged by cholera. It was to be built and supplied with American aid, but staffed with Cuban doctors. According to current and former American officials, discussions moved smoothly over several months and were nearly complete when old sensitivities emerged.
“First the Cubans said, ‘We want to do this but you have to stop your efforts to recruit our medical brigades,’ ” said one American official who was not authorized to speak publicly. The Cubans were angered by a little-known program, started by President George W. Bush and continued by Mr. Obama, that assists Cuban doctors looking to defect, said several American officials.
Then, after the Obama administration signaled that it would not eliminate the program, Cuban officials were further incensed by an event at which they believed their country’s doctors were not given proper credit for their work in Haiti. Finally, just days before the agreement was to be signed, the Cuban government demanded that a second clinic be built in Port-au-Prince, at a cost of several million dollars. That killed the deal.
And from there, the relationship has continued to wither.
American officials say the Cubans missed an opportunity this year, when the White House and Senator John Kerry pushed to cut money for the democracy programs. If Cuba had released Mr. Gross then, officials said, the programs would have become less about weakening Cuba’s government and more about building civil society. Instead, Congress kept them largely intact.
For some time now, American officials said, Cuba has seemed uninterested in letting Mr. Gross go. The island of 11 million people is in the midst of its largest economic overhaul since the end of the Soviet Union — with a major drive toward private enterprise — and many Cuba experts believe that the country’s officials are engaged in an ideological war over how far and fast to go. Relations with the United States appear to have become secondary to domestic concerns, some argue. Or, they say, hard-liners seem to be winning the argument on foreign relations.
So while Mr. Richardson traveled with encouragement from the State Department, on what was officially labeled a private trip, several government officials said they were not surprised that his effort failed.
Mr. Richardson said that he had been invited, and that he had expected at least a meeting with Mr. Gross. Josefina Vidal Ferreiro, the Cuban Foreign Ministry’s head of North American affairs, said Mr. Richardson had gone to Cuba “on his own initiative.” She did not discuss the broader strain in relations. But signaling that removal from the terrorism list and a minor change in the sentence of an accused Cuban spy was not sufficient, she said the release of Mr. Gross “was never on the table.”
And it may not be anytime soon.
One thing that might move Cuba, said an official who has negotiated the issue, is if the European Union changes its common policy limiting relations with Cuba because of human rights concerns. But he and other American officials said that until Cuba released Mr. Gross, Cuba would continue to be isolated. For now, his release — along with many issues involving Cuba — appears to be caught in an echo chamber of grievance shaped by decades of failed attempts at warmer United States-Cuba relations.